Noé Ibáñez Martínez
Las
experiencias electorales del 2006 y 2012, en vez de fortalecer la izquierda
mexicana, la sumergió en una profunda crisis política que apunta hacia un
camino aún más gris para el 2018. La unificación y el nacimiento del Partido de
la Revolución Democrática en 1989, llenó de esperanzas a miles de mexicanos;
entre ex priístas, comunistas, socialistas, ex guerrilleros, luchadores
sociales, intelectuales y demás personajes, que veían al nuevo partido como la
puerta para la democratización y el progreso del país.
En
sus primeros años, el partido jugó un papel muy importante que permitía
concebir grandes cambios políticos y sociales; sin embargo, después de las
elecciones de 1994, el oportunismo, la corrupción y la política clientelar; se
adueñaron de él. En su interior, empezó a resentirse la dispersión, la falta de
un rumbo claro, sobrevino un aflojamiento de la energía revolucionaria, la
iniciativa política vino a menos y, lo peor, cobraron fuerza los pleitos
internos a causa del sabor de los frutos conseguidos vía elecciones populares.
Que
el PRD es, ciertamente, un partido situado “a la izquierda” del espectro
político mexicano nadie lo duda, pero ya no es, ni puede ser considerado como
un partido de la izquierda clásica (si es que el algún momento lo fue). Dejó en
el camino la parte más viva y rica de su tradición compartida: la lucha por la
emancipación política, social, económica e incluso cultural; como eje rector para
el desarrollo nacional.
Cuando
tantos hombres y mujeres, en algunos casos, sacrificaron sus vidas por un
objetivo social, no fue la creencia en una doctrina científica o filosófica;
fue una pasión y una esperanza: la indignación por la estupidez y las
injusticias humanas, la urgencia por construir una sociedad fraterna. Según las
épocas y las circunstancias históricas. La izquierda en política no es una
ideología, una doctrina, es una elección de vida para la sociedad.
Un
movimiento de izquierda no puede restringirse a los partidos, tiene que ser
mucho más amplio. Tiene que abarcar a individuos y grupos de la sociedad que no
quieren pertenecer a ningún partido. En suma, un movimiento amplio de izquierda
tiene que intentar un camino contra la desigualdad patente en todo el país, en
todas sus formas. Abrirles el paso a los jóvenes con una visión diferente, y
que sean ellos los futuros líderes que busquen la unidad y recuperar los
valores revolucionarios.
La
fragmentación de la izquierda en el país, responde a intereses personales y
pugnas entre sus dirigentes. La separación de López Obrador y MORENA del PRD,
demuestra una vez más, la falta de un compromiso social y el respeto de ambos a
los verdaderos principios revolucionarios. A casi un siglo de lucha de la izquierda
en México, ésta no ha logrado concretar la convergencia de los movimientos
hacia un fin común. Lograrlo, la izquierda en el país, encontraría su propio
camino y la construcción de un proyecto común de nación.
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