Noé
Ibáñez Martínez
iamn870705@hotmail.com
Combatir y resolver un
problema lacerante como el analfabetismo no pueda ser obra de un solo hombre,
de un gobierno o de unos cuantos “Guerreros”. Se trata de un problema de todos,
y todos debemos de contribuir para combatirlo. Cuando José Vasconcelos inició
una gran Campaña Nacional contra el Analfabetismo en los años veinte, no contó
con ningún apoyo oficial, e incluso, jurídicamente, no le competía; pero
aprovechó la ocasión para promover un vasto movimiento de entusiasmo y de
participación social.
Ante la desorganización
general de la enseñanza y la total ausencia de políticas en materia de
alfabetización, Vasconcelos, que no podía echar mano de los servicios de un
ministerio con autoridad a escala nacional, decidió apelar directamente a la
buena voluntad individual. Es decir, en un primero momento, la campaña dependió
en gran medida de colaboradores voluntarios y de la iniciativa privada, sus objetivos
fueron más extensivos que intensivos y los medios con que contaba eran
limitados y fragmentarios; su desarrollo fue algo desordenado y sus resultados
pecaban con demasiada frecuencia de efímeros y engañosos, pese a la buena
voluntad de alfabetizadores y sus “alumnos”.
Sin embargo, en la segunda
fase de la campaña correspondió a una toma de conciencia por parte de los
principales de la SEP, de la complejidad, del costo y de los aspectos técnicos
del problema; se observó entonces un esfuerzo de organización de medios y de
personal, una especie de resurrección de la escuela rudimentaria y una
reafirmación del papel primordial que tienen en ese campo los maestros
ambulantes o “misioneros”. Vasconcelos quería demostrar que la cuestión atañía
a todos los mexicanos y deseaba movilizar a la opinión pública en ese sentido.
Para la promoción de la
campaña, la mayoría de los periódicos apoyó de manera casi incesante. La prensa
de la capital proporcionó fondos, dio cuentas de los resultados más
espectaculares, publicó los nombres de ciertos alfabetizadores y realizó
numerosas encuestas, sumamente interesantes en la medida en que permitieron
penetrar en los medios miserables de las grandes ciudades y en ciertas regiones
particularmente aisladas y olvidadas que hasta entonces habían sido ignoradas en
mayor o menor grado.
Incluso, Vasconcelos echó
mano del “Ejército de los niños”, integrado por alumnos de cuarto, quinto y
sexto grados de escuelas públicas y privadas. La misión era alfabetizar a cinco
analfabetos a leer y a escribir a cambio de un diploma que los reconocía como
buenos mexicanos, la preferencia en labores dependientes de la Secretaría de
Educación y, si solicitaban admisión de la secundaria o en escuelas
profesionales dependientes de la Secretaria, tenían preferencia por sus
servicios de alfabetización.
Ahora, este momento
histórico nos pertenece a nosotros. Hago un enérgico llamado a los medios de
comunicación, a los periodistas, a las organizaciones sociales y civiles, a las
autoridades municipales y comunitarias, a los maestros rurales y jóvenes
estudiantes de los diferentes niveles educativos, a los servidores públicos y,
a la sociedad en general; para que de manera voluntaria, nos sumemos todos a
esta gran campaña de combate al analfabetismo en nuestro estado.
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